El sonido del motor era lo único que acompañaba a Axel en el silencio de la madrugada. La tormenta se había calmado, pero las gotas seguían golpeando el parabrisas de forma constante. Llevaba a Diana de regreso a casa, luego de convencerla, con paciencia y dulzura, de que no debía preocuparse por lo que había escuchado. Que todo iba a estar bien.
Diana ya dormía en el asiento trasero. Su respiración era suave, tranquila. Axel mantenía una mano firme en el volante, aunque su mente no estaba del