Habían pasado horas. Horas eternas.
El tiempo se arrastraba mientras yo caminaba de un lado al otro, como una fiera enjaulada, con los nudillos aún manchados de sangre y el alma hecha pedazos. La imagen de Carolina, llorando, golpeando la puerta, me quemaba la cabeza. Me hablaba sin decir nada, me gritaba en silencio cada vez que cerraba los ojos.
No podía más.
Necesitaba verla.
Crucé el pasillo con pasos lentos. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me rompía el pecho. Cuando llegué a