El tacto de su mano en mi brazo me paralizó. Era una sensación extraña, como si mi piel lo recordara antes que mi mente. Lo miré, confundida, asustada… y de alguna forma con una tristeza que no entendía.
—¿Quién eres tú? —pregunté, con la voz baja, apenas un susurro.
Sus ojos, inyectados de angustia y desesperación, se clavaron en los míos.
—Soy Eliot, Carolina… ¿no me recuerdas? Estamos casados. Tú eres mi esposa.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—Pero… tú estás muerta. Se supone que está