Cassian llegó a las seis y cuarto en punto. Llevaba camisa blanca, abierta en el cuello, y el abrigo oscuro colgado del brazo.
El pelo algo revuelto, el gesto algo más relajado que por la mañana. Y esa forma suya de entrar como si no necesitara permiso. No por arrogancia. Por costumbre. Como si estar allí, conmigo, ya fuese un lugar al que él también pertenecía.
—¿Lista? —preguntó, y alzó una ceja mientras me miraba de arriba abajo.
Yo llevaba un vestido negro sencillo, con medias tupidas y bot