Así pasaron dos meses, Cassian y yo habíamos creado una rutina: dormíamos juntos casi todas las noches. A veces nos quedábamos dormidos abrazados; otras, simplemente amanecíamos así, como si nuestros cuerpos se buscaran incluso en sueños. Günter, por su parte, no volvió a llamar, y yo lo dejaba cada día un poco más atrás.
Era sábado. De esos en los que el cuerpo pide quedarse en pijama, el café se enfría lentamente y la ciudad parece en pausa.
El cielo gris envolvía Boston en una luz suave y s