Nos quedamos en silencio un momento más, con la frente apoyada, respirando el mismo aire como si eso pudiera calmarnos.
Y entonces, en voz muy baja, casi rota, él preguntó:
—¿Y por mí… qué sientes?
Sentí que se me encogía el estómago.
No era una pregunta para la que tuviera una respuesta simple. No con todo lo que había pasado. No con la manera en que el pasado seguía respirándome en la nuca.
Le tomé la mano. La apreté con fuerza.
—Cassian… no quiero mentirte.
Lo vi cerrar los ojos, como prepar