Cassian tardó un poco más de lo razonable en salir del dormitorio al que había entrado que no siquiera era el que compartíamos. Lo podíamos escuchar perfectamente cómo abría y cerraba cajones, maldecía por lo bajo y, en un momento, incluso pareció tropezarse con algo.
Alana y yo estábamos en el sofá, copas en mano, tratando de calmar la risa con poco éxito.
—¿Crees que se está maquillando de la vergüenza? —preguntó Alana, con la copa a medio camino.
—Más bien creo que está buscando una túnica m