El hospital no tenía alma y Margrot podía sentirlo en cada rincón porque las paredes blancas parecían absorber todo el sonido dejando solo ese silencio incómodo que hacía eco en su mente mientras sus pasos resonaban sobre el suelo pulido con una lentitud que no correspondía a la urgencia que sentía dentro de su pecho porque todo en su interior gritaba pero el exterior la obligaba a mantenerse erguida, contenida, elegante incluso en medio del caos, porque ella no era una mujer que se desmoronara