El amanecer en la isla no era ruidoso. No despertaba con prisas. No irrumpía. Se deslizaba lento, suave. Como una caricia.
El cielo comenzó a teñirse de tonos cálidos. Naranjas. Dorados. Rosados.
Como si alguien hubiera pintado el horizonte con delicadeza. El mar reflejaba esos colores. Brillando. Vivo. Eterno. Las olas seguían su danza. Constante y serena.
Como si nada pudiera alterar su ritmo. Como si el mundo entero encontrara paz en ese lugar. Dentro de la casa todo era silencio, un sile