Entre Evans y Edith hubo un silencio.
Uno extraño.
Pesado.
No incómodo, pero sí lleno de pensamientos que ninguno de los dos estaba poniendo en palabras.
Edith seguía de pie frente a la ventana de su departamento. Afuera, Londres seguía moviéndose como si nada hubiera cambiado.
Pero dentro de esa habitación…
Todo parecía distinto.
Porque Evans acababa de decir algo que ella jamás imaginó escuchar.
Había renunciado.
No a una oficina.
No a un puesto cualquiera.
No.
Había decidido apartarse de una