Toc.
Toc.
Toc.
Su mano se detuvo. Sus ojos se abrieron. Ya sabía quién era.
—Adelante.
La puerta se abrió sin prisa. Y ella entró. Leopolda Ambrosetti. Su madre. Elegante. Impecable. Fría.
Sus ojos se posaron inmediatamente en él.
—Jeremy.
Su voz era suave. Pero nunca cálida. Jeremy no se levantó. No sonrió. No hizo nada.
—Madre ¿Qué te trae por aquí? — preguntó, pero en el fondo Jeremy ya se imaginaba que estaba haciendo su madre a esas horas en busca de él.
Ella avanzó den