El restaurante estaba casi vacío.
Era uno de esos lugares discretos, elegantes, pensados para conversaciones que no debían ser escuchadas. Diana estaba sentada junto a la ventana, pero no miraba el exterior. Sus dedos estaban entrelazados sobre la mesa, tensos, inmóviles.
El sonido de pasos la obligó a levantar la mirada.
Evans.
El asistente personal de Jeremy se detuvo frente a ella, con el rostro serio, preocupado.
—Señora.
La voz de Evans era baja.
Respetuosa.
Pero también cargada de