La noche había caído sobre Londres con una frialdad que parecía hecha a la medida de su estado emocional. Diana permanecía de pie frente al edificio de Edith, abrazándose a sí misma como si sus propios brazos pudieran sostener las piezas que amenazaban con romperse dentro de ella. El viento agitó suavemente su cabello, y por un instante, cerró los ojos. Todo había cambiado en cuestión de horas. Jeremy estaba en una clínica, inconsciente. Leopolda la había expulsado como si fuera una intrusa. Y