El hospital seguía siendo el mismo lugar frío, impersonal, casi ajeno a todo lo humano, pero para Margrot cada minuto que pasaba allí se sentía más pesado, más denso, como si el aire mismo se hubiera vuelto difícil de respirar y su paciencia, que nunca había sido precisamente una virtud, comenzaba a resquebrajarse lentamente mientras permanecía sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre su regazo intentando mantener una imagen de control que por dentro ya