El avión atravesó lentamente las últimas nubes mientras el océano Pacífico aparecía bajo sus pies como una inmensa extensión de cristal azul que parecía no tener final. Elena permanecía junto a la ventanilla observando el paisaje con la misma ilusión de una niña que descubría el mundo por primera vez. Hacía mucho tiempo que un viaje no despertaba semejante emoción dentro de ella. Durante años sus salidas estuvieron condicionadas por los compromisos de Sebastian, por las reuniones familiares de