La noche parecía no tener fin.
El reloj marcaba el paso de los minutos con una lentitud casi cruel, como si cada segundo se estirara solo para poner a prueba la resistencia de quienes esperaban. En el pasillo frente al quirófano, la luz blanca se mantenía inmutable, fría, ajena a todo lo que sucedía en los corazones de quienes aguardaban noticias.
Helen estaba sentada, pero no descansaba.
Sus manos estaban entrelazadas con fuerza sobre su regazo, los nudillos ligeramente blancos por la presi