El tablero estaba perfectamente alineado sobre la pequeña mesa de madera. Las piezas negras y blancas se erguían como un ejército silencioso bajo el sol de Jeju. Helen se detuvo a unos pasos de distancia, sin interrumpirlas. Solo observando.
Abigail movió un alfil con precisión milimétrica.
Amalia no reaccionó de inmediato. Sus ojos verdes —tan intensos como los de cierta persona que Helen conocía demasiado bien— recorrieron el tablero completo antes de tocar una pieza.
—Si haces eso, pierde