El tiempo pareció detenerse en el instante en que Helen cruzó el umbral de aquella habitación. El mundo exterior, los conflictos, el dolor acumulado, todo quedó suspendido en un silencio absoluto, como si el universo mismo contuviera la respiración ante ese encuentro largamente postergado. La luz tenue que entraba por la ventana se deslizaba suavemente sobre la pequeña cama, iluminando el rostro delicado de Abigail, que reposaba con una quietud que resultaba tan frágil como inquietante.
Helen a