El momento del alta llegó con una suavidad casi increíble, como si el hospital entendiera que ya había hecho lo que debía y ahora era tiempo de devolver a esa pequeña familia a un lugar más cálido, más humano.
Abigail estaba sentada en la cama, aún con el rostro un poco pálido, pero mucho más viva que días atrás. Sus ojos seguían cansados, pero ya no vacíos. Había una chispa nueva en ellos, una estabilidad que antes no existía.
Helen estaba a su lado, revisando con cuidado las indicaciones de