La mañana siguiente llegó con una luz más suave que la de los días anteriores.
No era la luz fría del hospital ni la tensión de los pasillos llenos de urgencias. Era una luz doméstica, filtrada por cortinas claras, atravesando lentamente los ventanales de la casa de la nana, como si el propio amanecer hubiera decidido bajar el tono para no romper la calma que por fin se había instalado allí.
Helen estaba en la cocina, con una taza entre las manos que apenas había probado. No porque no quisier