El cielo de Jeju estaba cubierto por una capa tenue de nubes cuando el avión privado descendió con precisión impecable sobre la pista. No había prisa en el movimiento de la aeronave, pero sí una urgencia silenciosa que se percibía incluso antes de que las puertas se abrieran. Dentro, el aire era denso, cargado de pensamientos que no encontraban descanso.
Alexander Lacrontte no había cerrado los ojos en todo el trayecto.
Su mirada, fija en la nada durante horas, parecía atravesar más allá de l