El álbum se cerró con un sonido suave.
No fue brusco.
No fue definitivo.
Pero sí… significativo.
Las tapas de cuero se encontraron lentamente, como si incluso ese objeto comprendiera el peso de lo que guardaba en su interior. Fotografías antiguas. Instantes detenidos. Sonrisas que el tiempo había querido borrar… pero que, de alguna manera, seguían latiendo.
La pequeña Amelia —Amel, como la llamaba la nana en sus momentos más tiernos— ya no estaba sentada.
Se había quedado dormida.
Su respiració