La noche se había vuelto interminable.el lugar del accidente seguía iluminado por luces artificiales que no lograban disipar la oscuridad que lo envolvía todo. Había un silencio extraño, pesado, como si incluso el aire comprendiera la magnitud de lo ocurrido. Y en medio de ese escenario devastado… Alexander Lacrontte permanecía inmóvil, el anillo seguía en su mano, frío, real, irrefutable.
Sus dedos lo sostenían con una fuerza que no correspondía al objeto, sino al significado que llevaba consi