El amanecer no llegó para Alexander Lacrontte, al menos no como debía, porque aunque el cielo comenzaba a aclararse en el horizonte, dentro de él todo seguía sumido en una oscuridad densa, pesada, asfixiante. Permanecía en su despacho, sin haber dormido, con el cuerpo rígido y la mente en un estado que no lograba describir. El anillo seguía sobre su escritorio, justo frente a él, no lo había soltado, noo podía.
Era lo único tangible que le quedaba de Helen o eso creía, el sonido seco de unos nu