La noche que había comenzado con una calma artificial, terminó rompiéndose en mil pedazos. El restaurante seguía envuelto en una atmósfera elegante, con luces cálidas reflejándose en las copas de cristal, el murmullo suave de conversaciones ajenas y el sonido distante de un piano que parecía ignorar por completo que, en una de sus mesas, el mundo de alguien estaba a punto de derrumbarse.
Alexander Lacrontte permanecía de pie junto a la mesa, inmóvil. El teléfono aún en su mano. La segunda llam