A la mañana siguiente, el gran comedor estaba lleno de luz.
El hermano de Elinor no cabía en sí de entusiasmo.
—¡Un mes! —repetía por tercera vez, levantando su copa—. Es más de lo que podríamos haber pedido.
Lyria forzó una sonrisa mientras jugaba con los cubiertos sobre su plato.
—He enviado mensajeros a nuestra familia —continuó él sin pausa—. Padre estará exultante. Esto asegurará nuestro nombre por generaciones.
Él hablaba de alianzas, de prestigio, de celebraciones que elevarían el n