La casa de campo estaba rodeada de colinas suaves y aire limpio, un lugar donde el silencio no era sospechoso sino natural. No había mármol ni oro, no había reverencias forzadas ni susurros políticos en los pasillos. Solo viento, tierra y días que parecían iguales entre sí.
Elinor Avelyne de Valmere despertó sin campanas que anunciaran su presencia y sin doncellas esperando instrucciones. Durante semanas, aquello le pareció un regalo.
Libertad.
Sin embargo, aquella mañana algo la inquietó.
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