Ochenta y ocho

Eduardo

El roce de sus manos en el centro de la cama no fue un accidente ni una concesión consciente. Fue simplemente inevitable, como la marea respondiendo a la luna, como las flores girándose hacia el sol. Cuando los dedos de Vivian encontraron los de Eduardo en la oscuridad, fue menos una elección y más un regreso a casa: a un lugar que siempre había existido entre ellos, incluso cuando estaban separados por océanos de dolor y años de silencio.

Al principio fue solo el contacto: suave, provi
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