La fina lluvia que caía sobre Lisboa aquella mañana de miércoles parecía lavar no solo las calles empedradas, sino también las últimas resistencias de Vivian. Desde el beso en el vestíbulo tres días atrás, algo fundamental había cambiado entre ellos: un umbral cruzado, una barrera derribada. Ahora, cuando miraba a Eduardo, ya no veía solo al perseguidor molesto, sino al hombre cuyos labios todavía sentía sobre los suyos en las horas silenciosas de la noche.
Sentada en la mesa de su pequeño balc