Vivian
El primer sonido que escuchó fue el pitido acompasado de las máquinas.
Luego, el olor a alcohol y desinfectante.
Y, por último, el peso de algo cálido sosteniendo su mano.
Vivian parpadeó despacio. La luz blanca de la habitación del hospital la cegó por un instante. Intentó moverse, pero un dolor agudo le atravesó el brazo —un gemido escapó de sus labios.
—Eh… tranquila —la voz era grave, ronca, demasiado conocida—. Estás en el hospital. Todo está bien ahora.
El mundo dio vueltas, pero c