Eduardo
La tarde estaba gris en el ático del edificio del Grupo Braga.
El reloj digital en la esquina de la pantalla parpadeaba: 17:58.
Eduardo Braga seguía en videoconferencia con los directores de las sucursales cuando el asistente entró, vacilante, con una nota.
“Dra. Alice Menezes está en recepción. Dice que es sobre Vivian.”
El nombre bastó.
El aire pareció volverse escaso.
—Señores, necesito terminar aquí —anunció, con voz firme a pesar del nudo en la garganta—. Continúen el análisis y en