Eduardo
El coche alquilado tomaba las curvas de la carretera de Serra Azul a gran velocidad. Las manos de Eduardo apretaban el volante con fuerza, los ojos fijos en la pista, pero la mente perdida entre recuerdos que intentaba borrar.
Afuera, el atardecer teñía el cielo. Adentro, el silencio era absoluto: solo el sonido del motor y el eco de sus pensamientos.
No vio el beso, pero vio lo suficiente.
Vivian riendo, la mirada brillante frente a Matheus, el cuerpo inclinado hacia él. Eso bastaba.
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