Mundo ficciónIniciar sesiónIsa
Lo miro como si fuera un fantasma.
No sé cuánto tiempo pasa entre el “tenemos que hablar” y mi incapacidad de respirar. Sé que mi corazón late tan fuerte que me retumba en los oídos y que mis manos empiezan a sudar.
Adrián.
Dos años sin verlo.
Dos años imaginando este momento de mil maneras diferentes.
En ninguna de esas versiones estoy con un vestido blanco, teniendo su apellido… pero unido al de su hermano.
Trago saliva.
Enderezo la espalda.
Me obligo a recordar la promesa que me hice: no llorar frente a él. Nunca más.
—No tenemos nada de qué hablar —digo al fin, con la voz más firme que consigo—. Hazte a un lado.
Intento pasar, pero él mueve el cuerpo bloqueando el pasillo.
—Isa, espera.
—No. —Doy otro paso, buscando esquivarlo—. Quítate.
Su mano se cierra alrededor de mi brazo antes de que pueda evitarlo.
—Te dije que tenemos que hablar —repite, más bajo, más tenso.
—Y yo te dije que no quiero —respondo, intentando soltarme—. Suéltame, Adrián.
Su agarre se endurece. Hay rabia en sus ojos, pero también algo que no quiero analizar.
En un segundo me arrastra hacia una puerta lateral. La abre de golpe, me empuja dentro y cierra detrás de nosotros.
Una sala pequeña, algo así como un salón de lectura. Estanterías, un sillón de cuero, una lámpara encendida. El murmullo de la fiesta llega amortiguado desde el jardín.
Mi pecho sube y baja como si hubiera corrido una maratón.
—Estás loco —farfullo—. Ábreme la puerta.
Me giro hacia ella, pero él se adelanta y apoya la espalda contra la madera, cruzando los brazos. Me mira como si fuera él el ofendido.
—No vas a salir hasta que me escuches —dice con esa voz grave que antes me derritía y ahora me incendia.
Me río. Una carcajada seca, sin humor.
—¿Escucharte? ¿En serio? ¿Después de dos años en los que desapareciste?
Doy un paso hacia él, incapaz de contenerme.
—¿Cuál es el sentido de esto, Adrián? ¿Quieres mi versión de la historia ahora que ya no te sirve de nada? ¿Ahora que soy la esposa de tu hermano?
Veo un gesto de dolor cruzarle la cara. Lo borra rápido, como si se odiara por mostrarlo.
—No tienes derecho a reclamarme nada —escupe—. No después de lo que hiciste.
Me quedo helada.
—¿Perdón?
—No te hagas la víctima ahora, Isa —continúa, la mandíbula tan tensa que parece que va a romperse—. Sabes perfectamente de qué hablo.
El mundo se inclina bajo mis pies.
—Lo único que sé —digo, con la voz subiendo sin querer— es que te esperé como una idiota durante dos horas en una estación de tren. Que iban pasando los trenes, uno tras otro, y tú nunca llegaste.
Lo que sé es que el que apareció fue mi padre. Y te aseguro que no llegó con flores.
Los recuerdos me golpean: el frío de la madrugada, la maleta en mi mano, la gente mirándome con lástima cuando se fueron apagando las luces. La cara roja de ira de mi padre. El tirón de su mano sacándome del lugar que yo creía que iba a ser el inicio de mi nueva vida.
—Eso es lo que sé —termino, con la voz rota—. Lo demás solo fueron rumores, chismes y silencio de tu parte.
Adrián aprieta los puños.
—No puedes hacerte la inocente ahora —dice, casi rugiendo—. ¡Me estabas engañando!
La palabra cae en medio de la habitación como una bomba.
Me quedo mirando su cara, esperando que diga que es una broma.
Que va a sonreír, que va a admitir que perdió la cabeza.
Pero no.
Está serio. Convencido. Dolido.
—¿Qué…? —susurro.
—Me estabas engañando —repite, más fuerte—. ¡Me llegó la información, Isa! ¡Me dijeron que estabas con otro hombre! Que mientras yo planeaba cómo renunciar a todo por ti, tú te reías de mí a mis espaldas. ¡Iba a dejar mi herencia, mi apellido, mi vida entera por estar contigo, y esa fue la forma en que me pagaste!
Las palabras me atraviesan como cuchillos.
Ni siquiera pienso.
Mi mano actúa sola.
La bofetada resuena en la habitación.
Su cabeza gira por el impacto. Yo me quedo temblando, la palma ardiendo, el corazón en la garganta.
—Eres un imbécil —susurro, con los ojos llenos de lágrimas que me niego a soltar—. No solo por haberme dejado tirada como basura, sino por haber creído cualquier cosa que te dijeron sobre mí.
Él se queda quieto. Respira fuerte. Tiene la mejilla enrojecida, pero no se la toca.
—Yo… —intenta decir.
—Te lo di todo ese verano —lo interrumpo, la voz cada vez más alta—. Todo lo que era, todo lo que tenía, todo en lo que creía. Me hiciste promesas, Adrián. Me hablaste de futuro, de viajes, de “nosotros contra el mundo”.
¡Y lo que hiciste fue destruirme!
—No me vengas con—
—¿Que de qué demonios crees que estoy hablando? —le escupo, adelantándome un paso—. Crees que esto… —señalo hacia afuera, hacia la fiesta, hacia el patio lleno de gente— es un cuento de hadas que se me ocurrió por capricho?
Suelto una risa vacía, amarga.
—Este matrimonio es mi castigo —digo, sintiendo cómo la garganta se me cierra—. Soy la deshonra de mi familia, Adrián. La vergüenza del apellido Santori. Mi padre decidió que esta era la mejor forma de “arreglar” lo que hice contigo. Así que dime… ¿qué demonios crees que significa esta boda?
Él parpadea.
Por primera vez, parece perder el guion que traía preparado.
—¿Castigo? —repite, como si la palabra le supiera rara en la boca.
—Sí. —Mis manos tiemblan, pero no dejo de hablar—. Este matrimonio es una transacción. Una forma de lavar su honra. De venderme al mejor postor para que todo el mundo olvide que una vez su hija se atrevió a intentar huir con un hombre fuera del matrimonio.
Lo veo tragar saliva.
—O sea que tú… —se detiene, como si le costara aceptar sus propios pensamientos— ¿no has estado viéndote con mi hermano todo este tiempo?
Abro los ojos como platos.
—No puedo creer hasta dónde llega tu estupidez —digo, despacio, cada palabra envenenada—. ¿De verdad piensas que hubo un triángulo amoroso secreto, reuniones a escondidas, citas clandestinas en esta misma casa, mientras tú desaparecías?
No, Adrián. No he tenido “nada” con tu hermano. Y si algo tengo ahora con él es porque tú me empujaste a este lugar.
Me mira como si hasta ese momento no hubiera comprendido nada.
—Pero… yo vi… —murmura—. Me dijeron que…
—Te dijeron. —Asiento, con ironía—. Siempre confiando más en lo que te dicen que en la persona que se supone que querías.
Respiro hondo, sintiendo que me ahogo. La habitación se me hace pequeña.
—No tengo más nada que darte —añado en voz baja—. Ni explicaciones, ni disculpas, ni lágrimas. Me las acabaste todas hace dos años.
Camino hacia la puerta y giro la manija.
No se mueve.
Adrián apoya la mano sobre la madera, cerrando el paso.
—No he terminado —dice.
—Yo sí. —Tiro de la manija—. Suéltame.
—No voy a dejar que te vayas hasta que el matrimonio se anule.
La frase me corta.
Lo miro, incrédula.
—¿Perdón?
—Esto no puede ser —insiste—. No puedes estar casada con él. Voy a hablar con mi padre, con el tuyo, con quien sea. Pero no voy a permitir…
Tira de mi brazo para alejarme de la puerta.
La rabia me ciega.
—Te estoy diciendo que me sueltes —ladro, intentando apartarlo.
—Isa, escúchame…
—¡No quiero escucharte! —pierdo el Control—. ¡No quiero nada de ti! Lo único que haces es llegar tarde a todo, incluso a la verdad.
Tiro con fuerza, pero él vuelve a jalarme hacia sí. Tropiezo, choco contra su pecho. El olor que tanto conocí vuelve a mi nariz como un golpe: madera, colonia y algo que solía confundirme con hogar.
Ahora solo me sabe a engaño.
—Déjame ir —susurro, apretando los dientes—. No voy a volver a perder mi dignidad por ti.
—No voy a dejar que mi hermano—
—Tu hermano puede hacer lo que quiera —lo interrumpo, con amargura—. Igual que tú lo hiciste cuando me dejaste sola. No te atrevas a venir ahora a jugar al salvador cuando fuiste el primero en empujarme al abismo.
La puerta se abre de pronto.
No por mí.
No por él.
Por una tercera voz.
—Creo haber escuchado a mi esposa decir que te quites las malditas manos de encima.
El hielo recorre mi columna.
Me giro.
Gabriel está en el umbral, apoyado ligeramente en el marco, pero su postura tiene algo letal. Los ojos verdes que hasta hace un rato solo me parecían fríos ahora arden de rabia.
Nos mira a ambos.
Primero la mano de Adrián en mi brazo.
Luego mi cara.
Después, otra vez la de su hermano.
Su mandíbula se endurece.
Y en ese momento entiendo que la noche está a punto de explotar.
Hola, hola, bellezas, después de mucho tiempo he vuelto con una novela que va a ser candela pura! espero que les guste y le den mucho amor :) Besooos!







