Isa
Gabriel acaba de cerrar la puerta. El eco de su enojo todavía vibra en mi pecho. Me quedo sentada un largo instante, con el celular entre las manos, mirando la pantalla que aún muestra el mensaje desconocido.
Respiro hondo.
Una vez.
Dos.
Pero la calma no llega.
Lo que sí llega… es otro mensaje.
No del mismo número.
Otro.
Uno que conozco demasiado bien.
Adrien.
Mi corazón da un brinco doloroso.
Sé que no quieres saber de mí, pero me enteré que has tenido un altercado con tu padre.
Si necesitas hablar, estoy aquí para ti. Siempre tuyo,
A.
“Siempre tuyo.”
¿En qué mundo sigue creyendo que puede decirme algo así?
No debería contestar.
Gabriel se enfurecería.
Yo misma sé que no es prudente.
Pero… la soledad es ruidosa. Y ahora mismo, mi pecho está hecho trizas.
Mis dedos se mueven antes de que pueda detenerlos.
Yo: Estoy bien. Pero gracias por preguntar.
No pasan ni tres segundos cuando su respuesta llega.
A: Lo decía en serio. Lo que haya pasado entre nosotros, no cambia que puedes con