Gabriel
La primera vez que veo el apellido Santorini en la agenda del día, la mandíbula se me tensa sola.
No debería sorprenderme. Tarde o temprano tenía que pasar: dejar los mensajes, los intermediarios y las llamadas veladas para sentarnos frente a frente como lo que somos ahora: dos hombres que se odian, unidos por un contrato y un secreto.
Y por Isabela.
Aprieto el bolígrafo entre los dedos hasta que oigo crujir el plástico. La imagen de su mejilla enrojecida me atraviesa como una descarga. El moretón apenas empieza a bajar, pero yo sigo viendo la marca roja de los dedos de su padre cada vez que cierro los ojos.
Prometí no ir a romperle la cara.
No prometí dejar de destruirlo.
La puerta se abre sin que yo dé permiso. Eso ya dice mucho de él.
—Vaya, vaya —la voz de Santorini llena la oficina con esa falsa jovialidad que siempre me ha dado asco—. El gran Gabriel Moretti encuentra tiempo para recibirme en su trono. Me siento honrado.
Levanto la mirada despacio, sin levantarme aún.
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