Gabriel
La primera vez que veo el apellido Santorini en la agenda del día, la mandíbula se me tensa sola.
No debería sorprenderme. Tarde o temprano tenía que pasar: dejar los mensajes, los intermediarios y las llamadas veladas para sentarnos frente a frente como lo que somos ahora: dos hombres que se odian, unidos por un contrato y un secreto.
Y por Isabela.
Aprieto el bolígrafo entre los dedos hasta que oigo crujir el plástico. La imagen de su mejilla enrojecida me atraviesa como una descarga.