Gabriel
El hospital debería oler a alivio.
A descanso.
A final.
Pero para mí solo huele a fracaso.
El pasillo está casi vacío a esta hora de la madrugada, iluminado por luces frías que hacen que todo parezca irreal. Mis pasos resuenan con demasiada fuerza sobre el piso pulido mientras camino de un lado a otro, con las manos empuñadas, los hombros tensos, la mandíbula tan apretada que me duele.
Se nos escapó.
Maurice Lombard se nos escapó como una rata.
—Esto es inaceptable —gruño, deteniéndome