Isa
Minutos antes...
—¿Qué…?
La palabra apenas me sale. Se queda atrapada en mi garganta como si mi cuerpo se negara a dejarla existir del todo.
Lombard sigue suelto.
La frase retumba dentro de mí con un eco cruel, repetitivo, como si alguien la hubiera grabado en las paredes de mi cabeza y la reprodujera una y otra vez. Siento cómo la sangre se me va del rostro, cómo un frío antinatural empieza a recorrerme desde la nuca hasta la espalda.
No.
No puede ser.
—¿Qué dijiste…? —susurro, aunque sé p