Isa
La cabaña respira distinto cuando cae la noche.
En especial después de todo lo que hicimos nada más llegar…. Y es que siempre creí que él sexo y yo no nos llevaríamos bien, en especial porque mi padre siempre lo hizo ver como una amenaza.
Pero Dios santo, es impresionante.
Dejo salir un suspiro y me concentro en lo bien que se siente todo a mi alrededor.
No es solo el sonido del mar rompiendo a lo lejos ni el crujido suave de la madera al acomodarse con el frío. Es algo más profundo, casi vivo, como si el lugar supiera que no estamos aquí para escondernos, sino para desarmarnos.
Estoy descalza, con una manta ligera sobre los hombros, de pie frente a la ventana. Afuera, la luna se refleja sobre el agua como una promesa peligrosa. Detrás de mí, escucho a Gabriel servir dos copas. El tintinear del vidrio me recorre la espalda.
—¿En qué piensas? —pregunta, sin presionarme.
Su voz no viene con exigencias. Viene con espacio.
Me giro despacio. La luz cálida de las lámparas dibuja sombras