Gabriel
La carretera se estira frente a mí como una herida abierta.
Conduzco con una mano firme sobre el volante y la otra apoyada cerca del freno, como si algo fuera a saltar en cualquier momento desde el asfalto. El motor ruge suave, constante, pero dentro de mí no hay nada estable.
Isabela duerme a mi lado.
O eso parece.
Su cabeza descansa contra el respaldo, el cabello oscuro cayéndole sobre el rostro, la respiración tranquila. Lleva puesta una de mis camisas, demasiado grande para ella, y ese simple detalle me atraviesa el pecho como un disparo silencioso.
Anoche fue real.
Demasiado real.
No fue solo piel, ni deseo, ni el impulso inevitable de dos cuerpos solos frente al mar. Fue la manera en que me habló. La forma en que se quebró sin romperse. Cómo me miró como si yo fuera un refugio… y no una jaula.
Trago saliva.
Esto no era parte del plan.
Nunca lo fue.
Yo necesitaba tiempo. Control. Frialdad. Una estrategia limpia para acabar con Santorini. Y ahora tengo a su hija dormida a