Isa
Han pasado ya unos días desde el horrible encuentro con mi padre y la declaración de sentimientos que tuve con Gabriel .
No sé qué pensaba que pasaría después de eso, pero para nada lo que he estado viviendo.
Él ha sido… perfecto.
Atento, protector, caballeroso y en la cama… Dios bendito me hace cosas que ni siquiera sabía que eran posible.
Pero ahora no estoy muy feliz con él que digamos.
No me dice a dónde vamos.
Y eso, viniendo de Gabriel Moretti, debería inquietarme… pero no lo hace.
Ya no hay casi nada de él que me inquiete, al menos no en el mal sentido.
Voy sentada a su lado, en el auto, con la ventanilla apenas abierta y el viento jugando con mi cabello. El sol empieza a caer, tiñendo el cielo de tonos cálidos, y por primera vez en días siento algo parecido a la calma. No la calma tensa de la mansión, ni la vigilancia constante, ni los silencios cargados de cosas no dichas.
Esta es distinta.
—¿Vas a decirme a dónde vamos o piensas torturarme todo el camino? —le pregunto,