Gabriel está revisando algo en el teléfono cuando lo miro.
Es muy temprano y debo admitir que se ve demasiado atractivo vestido de traje, con lentes de pasta para leer y ese ceño fruncido de siempre.
Hace que sea imposible que lo deje de mirar.
No es una mirada casual. Es una de esas que nacen después de dos días de silencios tranquilos, de desayunos compartidos, de noches en las que me abraza como si el mundo pudiera romperse si me suelta.
—¿Te vas a ir otra vez tan temprano? —pregunto, apoyada en el marco de la puerta.
Levanta la cabeza de inmediato.
—Tengo una videollamada con Nueva York y luego reuniones todo el día.
Asiento despacio. No porque me moleste… sino porque algo dentro de mí se siente inquieto.
—¿Puedo preguntarte algo? —digo.
—Claro.
La confianza ha crecido tanto que sé que un mes antes nunca habría estado diciendo algo como esto.
Camino hacia él. Me detengo frente a su escritorio, jugando con mis dedos.
—¿Puedo ir contigo a la empresa hoy?
Parpadea.
—¿Quieres ir? —rep