Gabriel está revisando algo en el teléfono cuando lo miro.
Es muy temprano y debo admitir que se ve demasiado atractivo vestido de traje, con lentes de pasta para leer y ese ceño fruncido de siempre.
Hace que sea imposible que lo deje de mirar.
No es una mirada casual. Es una de esas que nacen después de dos días de silencios tranquilos, de desayunos compartidos, de noches en las que me abraza como si el mundo pudiera romperse si me suelta.
—¿Te vas a ir otra vez tan temprano? —pregunto, apoyad