El silencio del palacio era diferente al segundo día. Ya no era el vacío atronador de la llegada, sino una expectativa cargada de ansiedad. Alexandra había pasado la mañana ordenando mecánicamente sus escasas pertenencias, colocando sus libros de arte en el estante vacío del escritorio como si con ese pequeño gesto pudiera reclamar un pedazo de territorio en aquella inmensidad ajena. Pero su mente y su corazón estaban puestos en una sola cosa: la llegada de Aurora.
Adriano se había marchado al