El té se había quedado frío en la taza, olvidado sobre la encimera como un testigo mudo de mi insomnio. La luz de la cocina seguía siendo esa penumbra cálida, pero ahora me parecía opresiva, como si las sombras se hubieran acercado un poco más. El teléfono aún en mi mano, la pantalla iluminada con páginas y páginas de información que, en teoría, debería tranquilizarme.
Pero no lo hacía.
Yo había tomado la píldora solo un par de horas. Apenas un par de horas después de esa tarde en la que todo h