El despertador sonó a las seis como un martillo contra cristal. Me incorporé de golpe, con el corazón ya acelerado antes de que mis ojos se acostumbraran a la luz gris del amanecer. Sebastián gruñó algo ininteligible y extendió el brazo para apagar el ruido, pero yo ya estaba de pie, tambaleándome hacia el baño.
El estómago se me revolvió en cuanto olí el café que él había programado para que se preparara automáticamente. Era el mismo aroma de siempre, fuerte, reconfortante, pero hoy me golpeó