La mesa de postres parecía un altar pagano, torres de macarons en tonos pastel, pirámides de profiteroles bañados en chocolate caliente, y en el centro, la tarta de tres pisos que el abuelo de Sebastián había encargado especialmente para la ocasión. Tres pisos de bizcocho de vainilla y frambuesa, cubiertos de un glaseado blanco mate que parecía nieve recién caída, decorado con flores comestibles y pequeñas perlas de azúcar plateado. Era hermosa. Demasiado hermosa para una noche que ya me pesaba