El resto del domingo pasó en una burbuja suave y lenta. No hubo más que besos, muchos besos, caricias perezosas sobre la ropa, risas bajas y siestas enredados en el sofá. No cruzamos ninguna línea nueva. No hacía falta. Lo que habíamos hablado en la cocina ya pesaba más que cualquier urgencia física. Nos quedamos en casa todo el día, pedimos comida china a las ocho, vimos una comedia romántica terrible que nos hizo reír hasta que nos dolía la barriga, y nos dormimos temprano, abrazados, sin nad