El martes amaneció gris, como si la ciudad hubiera decidido no levantar cabeza después del lunes. Me desperté antes que el despertador, con el cuerpo pesado y la mente todavía dando vueltas a la discusión de anoche. Sebastián dormía a mi lado, de espaldas, la respiración profunda y lenta. No me había soltado en toda la noche, pero había algo diferente en cómo se acurrucaba, más apretado, más necesitado. Como si temiera que me fuera a ir. Ni siquiera había entrenado como todos los días.
No quise