El sol se colaba por las rendijas de las persianas cuando abrí los ojos. La cabeza me pesaba un poco, el cava de la noche anterior cobraba su precio, pero no era una resaca mala. Era de esas que te dejan el cuerpo flojo, la memoria borrosa en los bordes y una sonrisa que no se borra aunque intentes esconderla bajo la almohada.
Sebastián seguía dormido a mi lado, de lado, con el brazo extendido sobre mi cintura. Su pelo estaba revuelto, la barba de un día sombreándole la mandíbula, y la sábana s