—Creo que iré a preparar el desayuno, por favor, no te levantes —dijo dándose la vuelta y huyendo.
Unos diez minutos después, olor a café recién hecho y pan tostado llegó hasta la habitación como una invitación imposible de ignorar. Abajo se oían voces suaves, la risa contenida de mi mamá, el carraspeo ocasional de mi papá, el tintineo de platos.
Estar acostada, mirando el techo, con el collarín apretándome y el cuerpo rígido, me estaba volviendo loca.
Me cansé.
Me incorporé despacio, ignorando