El vapor llenaba el baño como una niebla espesa, caliente, que hacía que el espejo se empañara por completo en cuestión de segundos. El agua caía fuerte desde la alcachofa, golpeando mis hombros y bajando por mi espalda en riachuelos que aliviaban un poco la rigidez del collarín. Cerré los ojos y dejé que el chorro me golpeara la cara, intentando lavarme no solo el sudor y el cansancio del día anterior, sino también la vergüenza que todavía me quemaba en las mejillas.
No funcionaba del todo.
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